A las seis y cuarenta de la mañana, Olena rompió el décimo huevo en un tazón hondo y se quedó inmóvil un segundo con la cáscara vacía en la mano. Esa bandeja de dos docenas que le había comprado a la vecina Halyna Petrivna, al otro lado del camino rural, debía durar cómodamente hasta el miércoles; sin embargo, con aquella inesperada visita familiar instalada en casa, no alcanzaría ni para servir el almuerzo.
Afuera se escuchaban risas estruendosas, el chapoteo de alguien jugando con un balde de agua, un suspiro de cansancio y el fuerte golpe del portón de madera. Sobre la hornalla de la cocina humeaban y chisporroteaban las últimas cuatro salchichas, aquellas mismas que Serhiy había traído de la ciudad el jueves con la advertencia precisa de reservarlas para el fin de semana sin compartirlas con nadie. Olena contempló la sartén y soltó una risa silenciosa, incrédula ante semejante panorama.
La llegada a media noche que alteró la calma
Todo había comenzado la noche anterior, exactamente a las diez y media, cuando Olena terminaba de tender las sábanas para descansar. De repente, el potente rugido de un motor rompió la calma habitual del campo. Serhiy salió al porche descalzo, vistiendo solo unos pantalones cortos, y se quedó paralizado al ver cómo una camioneta familiar entraba al patio dando botes sobre las zanjas del camino, abriendo la cerca de par en par como si hubiesen acordado la cita desde hacía semanas.
Liuda, la hermana de Serhiy, gritó «¡Sorpresa!» con entusiasmo desde el asiento del conductor. El despliegue de equipaje que bajaron del maletero no dejó lugar a dudas sobre sus planes de descanso y diversión:
- Un colchón inflable a rayas que de inmediato acomodaron bajo la sombra del peral.
- Dos enormes bolsos de playa repletos de trajes de baño, zapatillas y mantas.
- Una bolsa entera con cremas y protectores solares.
- Seis pares de chanclas para andar cómodos por todo el terreno.
Eso fue absolutamente todo lo que trajeron consigo. No había en el maletero ni una sola barra de pan, ni un trozo de carne para tirar a las brasas, ni una sandía fresca, ni siquiera un simple paquete de galletas para acompañar una taza de té caliente. Liuda abrazó a Olena desprendiendo un aroma dulce y costoso, repitiendo que ellos no eran exigentes y que lo único importante era estar juntos. Mientras tanto, Taras, su marido, se acomodaba afuera, y los dos muchachos —Danylo, de diecisiete años, y Yurko, de quince, ambos sacándole ya una cabeza de ventaja en estatura a su tía— enfilaron directo hacia la cocina para inspeccionar el refrigerador. Aquella noche, para salir del paso y darles de cenar, Olena tuvo que bajar a oscuras al sótano para abrir el dulce de guindas casero y aquel tarro de pepinillos en vinagre que guardaba con recelo para celebrar el cumpleaños de Serhiy.
Un almuerzo que no piensa cocinarse solo
El sábado, pasadas las dos de la tarde, Liuda apareció en la galería. Se la veía completamente descansada, fresca, luciendo un vestido ligero de verano y con los labios cuidadosamente pintados. Con total naturalidad y una sonrisa confiada, preguntó qué había preparado para el almuerzo, comentando que los chicos habían estado corriendo y jugando por el terreno y se encontraban hambrientos.
Olena terminó de secarse las manos con una toalla de papel, la arrojó sin prisa al cubo de basura bajo el fregadero y se dio vuelta para encararla de frente. Con voz firme le aclaró que la comida no estaba en la estufa, sino en el supermercado situado a dos kilómetros cruzando la franja boscosa, un paseo que les vendría de maravilla para abrir aún más el apetito. La cuñada parpadeó confundida, pensando que todo era una broma pesada, pero la dueña de casa le explicó el mecanismo básico de supervivencia:
«Allí las estanterías están llenas de alimentos: tomas una cesta, eliges los fideos, la carne y las patatas, vas directo a la caja y pagas. Cuatro personas adultas llegaron sin avisar, con las manos vacías, ¿y ahora esperan que yo sea la cocinera que atienda sus vacaciones?»
Cuando Liuda protestó alegando que sus dos hijos todavía eran unos niños que necesitaban alimentarse, Danylo apareció de repente por el rincón de la casa sosteniendo en su mano una lata de agua fría que Olena había guardado esa misma mañana para su propio consumo. El muchacho preguntó con timidez qué hacía falta comprar, pero su madre lo frenó al instante con sequedad, prohibiéndole ir a cualquier lado bajo el argumento de que ellos habían llegado en calidad de invitados.
La verdad detrás del descanso económico
Olena abrió de par en par la puerta del refrigerador. El electrodoméstico respondió con un zumbido más ruidoso de lo habitual, un aparato viejo que ella y Serhiy llevaban tres años queriendo reemplazar, aunque el dinero siempre terminaba destinándose a reparar las goteras del tejado o arreglar el calentador de agua. En las bandejas interiores solo quedaba medio tarro de crema agria, tres pepinos marchitos, un poco de mantequilla, unas gotas de leche y un recipiente pequeño con sobras de trigo sarraceno de la cena anterior.
Ante la evidencia de que las provisiones no alcanzarían ni para terminar la tarde si alimentaba a semejante multitud, Liuda intentó excusarse diciendo que Serhiy se encargaría de comprar víveres más tarde porque para eso era su hermano y eran familia. Fue en ese momento de discusión acalorada cuando la invitada terminó confesando la verdadera magnitud del viaje: no pensaban quedarse un fin de semana corto, sino ocho días completos, hasta el domingo siguiente. Habían comparado los precios excesivos de los paquetes turísticos para ir a la playa y decidieron que vacacionar en la casa de campo de los parientes resultaba mucho más barato.
El límite ante el abuso familiar
Serhiy regresaba del granero cargando sus cañas de pescar cuando escuchó la discusión en el patio. Al enterarse de que la visita se prolongaría durante toda una semana, se detuvo en seco con gesto contrariado, recordando que el mensaje que había recibido hablaba únicamente de una posible escapada de dos días. Liuda arremetió de inmediato contra él, reprochándole que se dejaba mandar por su mujer en lugar de hacer valer los lazos de sangre.
Olena no se quedó callada y dejó las cosas claras:
- Nadie tenía derecho a organizar unas vacaciones gratis a costa del esfuerzo y la comida ajena.
- Si afirmaban tener dinero para su sustento, era el momento de usarlo en el comercio más cercano.
- Bajo ningún concepto pensaba mantener a cuatro personas con los víveres contados de su propia despensa.
Taras, que hasta ese instante permanecía acostado en la hamaca fingiendo con maestría un sueño profundo para eludir el conflicto, finalmente se incorporó. En un intento de calmar los ánimos, propuso acercarse al pueblo para hacer las compras necesarias, pero con una condición insólita: llevarse el auto de Serhiy. Argumentó que su propia camioneta apenas tenía unas gotas de combustible en el fondo del tanque y que la gasolina estaba sumamente cara como para gastarla en ese trayecto, prometiendo devolver el gasto en algún momento futuro.
Serhiy, desconcertado por la petición de su cuñado, ya estaba estirando la mano hacia el bolsillo para sacar las llaves del vehículo. En ese instante, Olena no pronunció una sola palabra: simplemente clavó sus ojos en él con una mirada fulminante. Él…