Mi padre viudo había perdido a mi madre doce años atrás, pero lo que ocurrió después con sus citas me hizo sospechar que algo no encajaba. Cada mujer parecía disfrutar de la relación y hacer planes para volver a verlo; sin embargo, a la mañana siguiente desaparecía sin dejar rastro.
El extraño patrón en las citas de mi padre viudo
Durante muchos años, mi padre se mantuvo alejado de las relaciones. Después de la muerte de mi madre, no quiso volver a salir con nadie. Con el tiempo, algo cambió y decidió abrirse nuevamente a la posibilidad de conocer a alguien.
Se registró en varias aplicaciones de citas y empezó a reunirse con mujeres que, según me contaba, eran increíbles. Al principio pensé que simplemente no había surgido la química adecuada. También consideré que podía tratarse de mala suerte.
Pero pronto descubrí una coincidencia demasiado precisa para ignorarla: todas las relaciones terminaban exactamente de la misma manera.
La cita transcurría de maravilla. La mujer y mi padre hablaban de volver a encontrarse e incluso hacían planes para una segunda cita. Luego llegaba la mañana siguiente y ella se esfumaba.
- No respondía sus mensajes.
- No devolvía sus llamadas.
- No ofrecía ninguna explicación.
Después de cada desaparición, mi padre quedaba emocionalmente destrozado. Lo escuchaba preguntarse, casi en un susurro, qué había hecho mal.
«No lo entiendo. Todas parecían tan felices», repetía mi padre.
Seis mujeres desaparecieron tras conocerlo
Al principio intenté no involucrarme. No quería convertir las relaciones de mi padre en un interrogatorio ni asumir que había algo oscuro detrás de cada ruptura. Sin embargo, después de la sexta desaparición, seguir fingiendo que todo era normal dejó de parecerme posible.
Había un patrón claro: una noche agradable, promesas de volver a verse y, antes de que terminara el día siguiente, silencio absoluto. Mi padre sufría una y otra vez, mientras yo no encontraba una explicación razonable para lo que estaba ocurriendo.
Decidí pedirle un favor a mi mejor amiga, Rachel. La propuesta sonaba extraña incluso antes de decirla en voz alta, pero necesitaba comprobar si el problema estaba relacionado con mi padre o con algo que sucedía después de las citas.
—Sal con él una vez —le pedí.
Rachel soltó una risa, convencida de que estaba bromeando.
—Estás bromeando, ¿verdad?
—No. Hablo en serio.
Aceptó, aunque con evidente vacilación.
La cita con Rachel fue mejor de lo esperado
Contra mis expectativas, la cita fue un éxito mayor de lo que había imaginado. Mi padre volvió a casa después de pasar un buen momento, y Rachel se comunicó conmigo poco después para contarme cómo había ido todo.
Su reacción no dejó lugar a dudas. No parecía incómoda ni decepcionada; al contrario, hablaba de él con auténtica admiración.
—Tu padre es maravilloso —me dijo—. No entiendo por qué nadie se queda.
Sus palabras hicieron que el misterio resultara todavía más inquietante. Si Rachel había disfrutado de la cita y no había encontrado ningún motivo evidente para alejarse, quizá finalmente podría ayudarme a entender lo que les pasaba a las otras mujeres.
Pero a la mañana siguiente, Rachel también desapareció.
Rachel dejó de responderme
La llamé varias veces. No hubo reacción alguna y todas mis llamadas fueron directamente al buzón de voz. Esperé una respuesta, pensando que tal vez necesitaba tiempo, pero al llegar la tarde recibí un mensaje breve que me dejó desconcertada.
«No vuelvas a contactarme. Por favor».
Ese mensaje no sonaba como Rachel. La forma de escribir, la distancia repentina y la falta de explicación no coincidían con la amiga que conocía. Sin saber qué hacer, fui hasta su apartamento.
Su coche estaba estacionado afuera y las luces del interior estaban encendidas. Llamé a la puerta, pero nadie respondió. No recibí ninguna señal de Rachel ni una explicación sobre por qué me había pedido que no la contactara.
La llamada de Rachel cambió el misterio
Finalmente, al día siguiente por la tarde, Rachel me llamó. Su voz temblaba y, por la manera en que hablaba, comprendí que no se trataba de una simple decisión de ignorar mis mensajes.
—No puedo contarte lo que ocurrió por teléfono —dijo.
Necesitaba verla cara a cara.
—¿Cuándo podemos encontrarnos?
—Mañana por la mañana.
Esa noche no pude dormir. Las seis desapariciones anteriores ya eran difíciles de explicar, pero ahora Rachel se había comportado exactamente como las otras mujeres: una cita aparentemente perfecta, silencio al día siguiente y una petición urgente de no volver a contactarla.
A la mañana siguiente la vi afuera de su lugar de trabajo, justo antes de que entrara. Me acerqué y fui directamente al punto que llevaba horas atormentándome.
—¿Qué ocurrió? —pregunté—. ¿Qué te hizo mi padre?
Rachel no respondió. Sin decir una sola palabra, sacó su teléfono y me mostró la pantalla.