Cuando la familia llega por Año Nuevo

“Si vuelven a caer por aquí, no lo soportaré”

— Si tu familia vuelve a plantarse aquí en Año Nuevo, no creo que lo aguante por segunda vez —dijo Marina, apretando con más fuerza la cuchara.

— Pero si es familia, Marin. La paciencia es una virtud —respondió Oleg con una sonrisa burlona.

— La virtud ya la gasté en el Año Nuevo pasado. Este año me elijo a mí.

La cocina estaba caldeada, aunque la ventana permanecía entreabierta para que entrara algo de aire. Marina cortaba aceitunas en silencio para la ensalada, procurando no mirar a Oleg, que llevaba casi media hora pegado al teléfono, absorto en otro juego. Su hijo, Mishka, daba vueltas por el suelo en su cochecito, chocando de vez en cuando contra las patas de la mesa.

— Ma-ri-na —alargó Oleg, sin apartar la vista de la pantalla—. Mamá dijo que este año también vendrán a nuestra casa por Año Nuevo. Por cierto, ¿compraste mayonesa?

Marina se quedó inmóvil con el cuchillo en la mano. Sintió una mezcla muy amarga de rabia y cansancio.

— ¿Cómo dices? ¿Otra vez? —se giró hacia él, sin ocultar su fastidio—. ¿Es que no pueden quedarse en su casa? ¿No hay sitio suficiente? ¿O ahora yo también tengo que servir de camarera en las fiestas?

Oleg alzó la vista, fingiendo sorpresa.

— No empieces. Es Año Nuevo, es la familia. Siempre ha sido así. Mamá se aburre en el pueblo y a los sobrinos les hace ilusión. Además, Mishka tendrá con quién jugar.

Marina soltó una risa seca.

— ¿Ilusión? ¿Ya olvidaste que el año pasado tus sobrinos pintarrajearon mis paredes? ¿Y tu hermana? “Marish, ¿te importa si me dejo tu chaqueta? Total, no la usas”. Y tu madre… seguro que todavía cuenta por ahí que yo no sé hacer dumplings. No, Oleg. No pienso repetir ese circo.

Él la miró con cierta superioridad, como si todo aquello fuese un detalle menor.

— Exageras. Aguanta uno o dos días. Al menos no será aburrido.

Marina dejó caer el cuchillo en el fregadero, por poco golpeando el cuenco de la ensalada.

— ¿Y tú tampoco ayudarás? Como siempre, ¿verdad? Te quedarás con tu madre tomando té y luego me dirás cómo debo “aguantar”.

— Vaya, qué dramática eres, Marin —murmuró él, volviendo al teléfono—. Haces una tragedia de cualquier cosa.

Marina respiró hondo para no gritar. Ya había intentado hablar con calma demasiadas veces. Y siempre terminaba igual.

El año pasado todo empezó de la misma forma: maletas en la puerta, consejos no pedidos y una casa convertida en territorio ajeno.

La suegra se instaló en el sofá del salón como si fuera el centro de operaciones. La cuñada ocupó a los niños, que correteaban por todas partes. Oleg desapareció convenientemente, como si el caos no tuviera nada que ver con él. Al final hubo desorden, vajilla movida de sitio, bromas repetidas y un sinfín de “pásame esto” y “trae aquello”. Marina renunció al descanso, a la tranquilidad y a la fiesta, y recibió a cambio una queja de su marido: “Siempre estás con mala cara. Deberías alegrarte de que todos hayan venido”.

Y ahora todo iba camino de repetirse.

Marina se quitó el delantal y salió de la cocina sin decir nada. Desde la puerta oyó la voz de Oleg:

— ¿A dónde vas? ¡La ensalada está sin terminar! Mishka, dile a mamá que no haga tonterías.

El niño no respondió. Su cochecito chocó contra la pared y quedó detenido.

Cuando empiezan a llegar los invitados

Los primeros familiares llegaron el 30 de diciembre por la mañana. La suegra apareció con una maleta enorme, de la que sobresalían los bordes de un edredón de plumas. Entró en el piso recorriéndolo con una mirada crítica, como si en un solo año todo hubiera cambiado por completo.

— Marina, ¿por qué huele así aquí? ¿Otra vez esos ambientadores químicos? Yo ya te dije que hay que poner laurel en el agua y hervirlo. Así el aire queda más natural.

Marina apretó los dientes y no contestó. La suegra dejó la maleta en mitad del salón y anunció con naturalidad:

— El sofá sigue siendo mío, ¿no? Oleg, cariño, ayúdame a extender el edredón.

Oleg, de pie al lado, siguió con el teléfono como si nada.

— Ahora voy, mamá. Espera un momento, tengo un movimiento importante.

Marina suspiró, se acercó sola y ayudó a arrastrar la maleta hasta el sofá.

  • Sin ayuda, todo parecía recaer sobre ella.
  • Con cada visita, la casa dejaba de ser un hogar y se convertía en una prueba de paciencia.
  • Y, aun así, nadie parecía darse cuenta del cansancio acumulado.

La suegra aplaudió satisfecha.

— Bueno, ya está. Pero, Marin, saca luego el edredón al balcón para airearlo. Después del viaje huele un poco cerrado.

Marina contuvo la respuesta que le subía a la garganta. Sabía que aquello era solo el comienzo.

En resumen, cuando las fiestas se llenan de visitas, lo que debería ser alegría puede convertirse en agotamiento, y a veces el verdadero desafío no es recibir invitados, sino sentirse acompañada dentro de la propia casa.

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