—Deja las llaves en la mesa, Ani. Y no pongas esa cara, como si no entendieras de qué hablo.
—¿Qué llaves, Marina?
—Las de la dacha, claro. La de nuestros padres. Mamá ya está mayor y no tiene ganas de vuestros experimentos domésticos. A nosotros, con Vadi y los niños, nos hace falta aire limpio en verano. Tú aquí eres una extraña, así que entrégalas por las buenas.
Anna dejó con calma la taza de porcelana sobre el plato. Era una mañana de sábado tranquila en un modesto piso de dos habitaciones, hasta que apareció Marina, la hermana menor de su marido Sergio, con una seguridad tan grande que parecía que el mundo entero debía girar a su alrededor.
—Marinita, escucha —respondió Anna, conteniendo la indignación—. Sergio y yo acabamos de terminar de arreglar el tejado. Yo misma saqué cinco sacos de suciedad y trapos viejos. ¿Qué es eso de “una dacha lista para usar”? Allí la maleza crecía como una pared.
Marina soltó una risa despectiva y alzó la mano con la manicura recién hecha.
—No vengas a hacerte la mártir. Fuisteis porque quisisteis. Nadie os obligó. Esa tierra es de mis padres. Sergio es heredero, sí, pero tú solo has llegado a mandar en lo ajeno. ¡Una aprovechada! ¿Pensaste que por arreglarla con cuatro duros te la ibas a quedar? Pues no.
En ese momento se oyó la cerradura. Sergio volvía del turno de noche en la base de autobuses.
Un terreno olvidado durante años
Para entender aquella discusión había que retroceder tres años. Anna trabajaba como maestra de primaria en una escuela del barrio. Su sueldo alcanzaba para vivir con modestia, pagar la luz y ahorrar un poco. Sergio era mecánico: manos manchadas de grasa, cansancio en la mirada y una honestidad que no dejaba lugar a lujos.
Vivían con sencillez y sin casa propia. La dacha apareció cuando la suegra, Galina Petróvna, se lamentó de que el terreno estaba abandonado: la casita se inclinaba, la valla estaba caída y las malas hierbas lo cubrían todo. Marina, por su parte, solo se encogió de hombros: para ella aquello era un cobertizo inútil lejos de la ciudad.
Pero Anna y Sergio pensaron en su hijo Téma, que necesitaba aire, espacio y verano de verdad. Decidieron arreglarlo todo por su cuenta.
Fue un trabajo largo y duro: limpiar, reparar, pintar, plantar y volver a empezar. Cada mejora costó esfuerzo, fines de semana y dinero ahorrado con cuidado.
Lo que hicieron con sus propias manos
- Repararon el suelo y reforzaron la veranda.
- Levantaron una estufa pequeña para las noches frías.
- Montaron una valla sencilla, pintada de blanco.
- Instalaron agua de verano, una ducha y un sistema de drenaje.
- Plantaron fresas, pepinos, flores y un pequeño huerto.
Poco a poco, el viejo barracón se convirtió en una dacha acogedora. Téma corría descalzo por el césped, la mesa bajo el manzano quedó lista para el té de la tarde y el lugar empezó a parecer un verdadero refugio familiar. Durante todo ese tiempo, Marina no apareció ni una sola vez.
Pero en la cuarta primavera todo cambió. Marina anunció que quería pasar allí el verano entero con su marido y sus hijos. Incluso sugirió que Anna se quedara en una cama plegable y siguiera cocinando para todos. Anna no podía creer semejante descaro.
—Lo que hicimos fue para nuestra familia —dijo ella, firme—. No para que me llamen aprovechada quienes no movieron un dedo.
Sergio, cansado pero decidido, apoyó a su esposa. Recordó que él y Anna habían invertido casi cuatrocientas mil rublos en materiales y arreglos. Si alguien quería usar la casa como propia, tendría que asumir también los gastos.
La llamada de la suegra no tardó en llegar, llena de reproches y lágrimas. Pero Anna respondió con calma, dejando claro que si querían reclamar lo común, también tendrían que aceptar volver a encontrar el terreno tal como estaba antes: vacío, descuidado y sin comodidades.
Al final, nadie se quedó con las llaves. Marina buscó otra opción y la familia dejó de presionar. Anna y Sergio pasaron allí un verano precioso: Téma aprendió a nadar en el río cercano, Anna preparó mermelada de fresa y las tardes terminaron bajo el manzano, con té y tranquilidad.
Resumen: la dacha quedó en manos de quienes la salvaron del abandono, y el respeto valió más que cualquier discusión sobre herencias.