El termómetro digital emitió tres pitidos breves y agudos. Marina, de treinta y dos años, intentó sacárselo de debajo del brazo con manos temblorosas mientras, con los ojos llorosos y ardientes por la fiebre, trataba de leer la diminuta pantalla. Los números estaban algo borrosos, pero no había duda: 39,1 °C. Tiró del edredón hasta cubrirse el mentón.
Y entonces recordó, con una claridad casi dolorosa, cómo se había puesto enfermo su marido, Oleg, hacía unos seis meses. En aquella ocasión, ella solo tenía 37,4 °C. Aun así, en su pequeño piso de dos habitaciones se había vivido como si fuera una emergencia nacional.
“Marina…” llamó una voz débil desde el dormitorio. “Ven aquí. Rápido.”
Ella corrió desde la cocina, dejando la cena a medias. Oleg, de treinta y cuatro años, fuerte y sano, estaba tendido en la cama con los brazos abiertos, como si la desgracia hubiera caído sobre él de forma repentina e irreparable.
—¿Qué pasa? —preguntó Marina, alarmada.
—Mira —respondió él, alzando el termómetro con una mano trémula—. Treinta y siete con cuatro. Yo lo sabía. Desde el mediodía me notaba escalofríos.
—Oleg, solo tienes un poco de fiebre —dijo ella, intentando tranquilizarlo—. Te preparo un té con limón, descansas un poco y mañana estarás mejor.
—¿Un té? —se quejó él, llevándose una mano a la cabeza con dramatismo—. Me duelen hasta las articulaciones. Los hombres sufrimos mucho más. Estoy fatal.
Desde ese momento, Marina se convirtió en enfermera, cocinera y asistente personal. Su suegra, Valeria Petrovna, llamó varias veces al día para dar instrucciones y advertencias.
—Marina, ¿le has preparado caldo? Solo de pollo de corral. ¿Le has dado vitamina C? No lo dejes solo. Revisa su temperatura cada hora. Oleg siempre ha sido delicado.
Y Marina obedecía. Pedía días libres, iba a la farmacia de noche, preparaba infusiones, cambiaba paños fríos y escuchaba sus lamentos interminables. La enfermedad de su marido se había convertido en un asunto casi sagrado para toda la familia.
Por eso, aquella tarde, cuando Marina vio su propia temperatura de 39,1 °C, comprendió algo con una claridad que dolía: este matrimonio no iba a cuidarla a ella.
Era viernes. Había llegado a casa exhausta, después de una semana interminable. El trayecto en metro, lleno de gente y ruido, le había parecido una tortura. Apenas cruzó la puerta, cayó rendida en la cama.
La despertó el golpe seco de la entrada y el ruido de las llaves sobre el mueble del pasillo. Oleg había vuelto. Marina oyó sus pasos, pesados y seguros. No entró a verla. Fue directo a la cocina.
La nevera se abrió y se cerró. Luego volvió a abrirse, esta vez con impaciencia. Al poco, la puerta del dormitorio se abrió de golpe y la luz del pasillo inundó la habitación.
—Marina, no entiendo dónde está la cena —dijo él, molesto—. ¿De verdad te has acostado? Es viernes y vengo muerto de hambre.
Ella apenas pudo incorporarse.
—Oleg… estoy muy mal. Tengo casi cuarenta de fiebre. ¿Puedes traerme agua y paracetamol?
Él se quedó inmóvil en la puerta, sin mostrar preocupación.
—Siempre eliges el peor momento —replicó—. Por la mañana estabas bien. ¿No podías haberte tomado algo en el trabajo?
Marina cerró los ojos un instante, vencida por el cansancio y la impotencia.
Pero él no se acercó. No le tocó la frente. No preguntó nada más. Se dio media vuelta y regresó a la cocina.
Quince minutos después, sonó el timbre. Oleg había pedido comida a domicilio. El olor a pizza llena de grasa invadió la casa y a Marina le revolvió aún más el estómago.
- Él cenó tranquilamente frente a una serie a todo volumen.
- Después volvió al dormitorio, se acostó de espaldas a ella y se durmió en pocos minutos.
Marina permaneció allí, ardiendo de fiebre, escuchando su respiración serena. Y en ese silencio entendió que hay ausencias que pesan más que la enfermedad.
En resumen, aquella noche fue el momento en que Marina vio con total claridad quién estaba dispuesto a cuidarla… y quién solo esperaba ser atendido.