Una tarde que parecía normal
Me llamo Julia, tengo 24 años y estoy casada con Jordan, un hombre cariñoso y trabajador. Además, soy dueña de un gran centro comercial y, cada viernes, suelo ir a revisar que todo marche bien y que el personal esté cumpliendo con su labor. Aquel día volvía a casa con la tranquilidad de siempre, aunque con una novedad importante: estaba embarazada de dos meses.
Jordan y yo nos habíamos casado el año anterior, y nuestra vida, hasta entonces, había sido feliz y estable. Nada me preparó para lo que ocurrió en la calle, justo cuando me dirigía a casa después de salir del centro comercial.
El extraño encuentro
Vi a un niño de unos once años. Llevaba ropa hecha jirones, cargaba botellas viejas y caminaba sin rumbo, como si simplemente deambulara por el barrio. En cuanto me vio, se detuvo en seco. Entonces señaló mi vientre con el dedo y dijo algo que me dejó helada:
—¡Estás embarazada de una serpiente! Por favor, interrumpe ese embarazo, o darás a luz a una niña-serpiente. Y cuando eso ocurra, ya será demasiado tarde.
Sentí una mezcla de enojo y desconcierto. Sus palabras me parecieron absurdas, irrespetuosas y ofensivas. ¿Cómo se atrevía a hablarme así un desconocido, y encima un niño? La rabia me hizo perder la calma.
Le grité que estaba loco, que dónde estaban sus padres y que pensaba denunciar a su familia por permitir semejante comportamiento. Incluso estuve a punto de lanzarle una piedra, pero él no mostró miedo. Al contrario, soltó una risa extraña y siguió caminando con su saco de basura al hombro.
—Hablo en serio —dijo mirándome fijamente—. No llevas un bebé humano. Llevas una serpiente. Ve al hospital y deshazte de eso antes de que sea tarde. Ya te advertí.
Intenté correr tras él para alcanzarlo y darle una lección, pero era demasiado rápido. Desapareció en una callejuela, dejando detrás de sí un eco de risa inquietante. Yo regresé a casa temblando, todavía molesta y con la sensación de haber vivido algo completamente absurdo.
La misma historia, dos veces
Cuando Jordan volvió del trabajo, cenamos juntos y le conté lo sucedido. Apenas terminé de hablar, él abrió los ojos con sorpresa y luego soltó una risa incrédula.
Para mi asombro, me dijo que ese mismo día también había visto a un niño muy parecido. Según contó, estaba vestido con harapos y hablaba insistentemente de una serpiente. Jordan pensó que quizá el pequeño buscaba llamar la atención o conseguir comida, así que incluso intentó darle dinero, pero el chico se negó a aceptarlo.
Nos miramos en silencio por un momento. Yo estaba indignada, y él intentaba restarle importancia. Finalmente, me tomó la mano con ternura y trató de calmarme.
- Me pidió que ignorara al niño y no permitiera que sus palabras me afectaran.
- Aseguró que mi embarazo seguiría su curso normal y que todo saldría bien.
- Dijo que solo era un niño extraño en busca de atención.
Intenté convencerme de que tenía razón. Sin embargo, cuando llegó la noche y me acosté, la voz del muchacho seguía repitiéndose en mi mente una y otra vez. No podía quitarme de encima esa extraña inquietud.
Una pregunta que no me deja en paz
¿Y si aquel niño no estaba del todo equivocado? ¿Y si solo había algo que yo no alcanzaba a comprender? La idea me parecía imposible, pero también me resultaba imposible olvidarla.
Mientras permanecía en la oscuridad, me pregunté si alguien había escuchado alguna vez una advertencia tan insólita. ¿Cómo podía un niño decir que yo llevaba una serpiente dentro del vientre? ¿Quién era realmente ese pequeño? ¿Y por qué parecía tan seguro de lo que decía?
Desde aquella tarde, ya nada volvió a sentirse completamente normal. A veces, las palabras más extrañas son las que más se quedan en la memoria. Y aunque quise ignorarlo, aquella advertencia cambió por completo la forma en que miré mi embarazo.
En resumen, lo que comenzó como un paseo cualquiera terminó convirtiéndose en una experiencia inquietante que me dejó muchas dudas y una sensación difícil de explicar.