Planear diez dÃas de descanso perfecto puede desmoronarse en un instante cuando los lÃmites familiares se ignoran por completo. Mi tan esperado descanso comenzó con una invasión autoritaria y una exigencia rotunda que encendió un tenso conflicto familiar en la casa de campo.
Una llegada imprevista y un menú desmesurado
—Esta es la casa de campo de mi hijo, asà que cancela a tus amiguitas. Ellas sobran aquà por completo.
Con un golpe sordo, Nina Arkádievna descargó sobre la encimera recién desinfectada dos bolsas inmensas de un supermercado de descuento. De una de ellas sobresalÃa de forma siniestra un enorme hueso de res, del cual cayó una gota turbia directamente sobre el azulejo limpio.
—Mañana al mediodÃa llegan la tÃa Galya con su marido, mi sobrino Kostik con su joven esposa y sus tres hijos, y además la tÃa Raya desde Vorónezh. Vas a cocinar. Aquà tienes el menú.
Dejé con sumo cuidado la esponja húmeda de fregar platos a un lado. Nina Arkádievna, corpulenta, imperiosa y habituada a adueñarse de cada rincón, permanecÃa parada en medio de la cocina con el porte de quien reparte recompensas a toda la humanidad. Durante quince años habÃa administrado el comedor de una fábrica, un antecedente que definió para siempre su trato social. Para ella, el mundo se dividÃa estrictamente entre jefes a los que adular y empleados negligentes a los que gritar. Desde el primer dÃa me ubicó sin titubear en el segundo grupo.
Provisiones dudosas y una lista de órdenes interminable
Mi suegra procedió a exhibir su cargamento sobre la mesa de la cocina. Desplegó tres coles marchitas, una bolsa de zanahorias sospechosamente blandas, cinco paquetes de fideos baratos y un pedazo enorme de manteca dura y fibrosa.
—Vaya manera de comenzar mis deseadas vacaciones —respondà mirándola fijamente.
—Nina Arkádievna, Lyosha y yo planeamos estos diez dÃas durante medio año. Mañana vienen Zhanna y Lera, mis compañeras de colegio. Vamos a beber vino, asar pescado, disfrutar de queso artesanal y contemplar los pinos.
—¡Tus amigas tendrán que aguantarse! —espetó mientras sacaba de su bolso un desgastado cuaderno cuadriculado y lo agitaba en el aire.
«Yo ya decidà todo y se lo avisé a todos. La familia viene de muy lejos porque quieren naturaleza. Tu deber es brindar una recepción de primer nivel.»
Luego procedió a enumerar los encargos necesarios sin permitir interrupción alguna:
- Borsch en cantidad monumental: utilizar una olla de diez litros guardada bajo la escalera y poner el hueso en remojo desde la noche anterior con abundante patata.
- Pasteles caseros de col y huevo: levar la masa desde las cinco de la madrugada para satisfacer el gusto estricto de la tÃa Galya.
- Rollos de repollo frescos: picar la carne a mano dos veces, ya que Kostik no tolera la carne procesada comprada en tiendas.
- Bebidas y postres para los niños: colar minuciosamente un compote de frutas secas para evitar hollejos y hornear cien crepes finos con leche condensada.
- Platos tradicionales frÃos: cocinar gelatina salada de carne y asar un codillo entero.
La calma aprendida y la realidad de la propiedad
Escuché semejante imposición culinaria mientras sentÃa una serenidad frÃa y lúcida. Veinte años atendiendo la recepción de un hotel concurrido me habÃan inmunizado ante cualquier excentricidad humana. HabÃa lidiado con clientes conflictivos, huéspedes ruidosos y demandas ridÃculas. Desestabilizarme mediante el descaro era prácticamente imposible.
—Nina Arkádievna —articulé con lentitud y total precisión—, me parece que confunde nuestra propiedad con un hotel de todo incluido, y olvidó contratar al equipo de cocina.
—¿Qué equipo de cocina? —reclamó indignada, apoyando los puños en sus caderas—. ¿Acaso no eres la nuera? ¡Tu obligación indiscutible es atender a los parientes de tu esposo! No te equivoques, ¡te encuentras bajo el techo de mi hijo y tengo todo el derecho de reunir aquà a mi gente!
Esa cantinela de «la propiedad de mi hijo» era su argumento predilecto en cada festejo familiar. Ignoraba deliberadamente que el terreno se compró durante nuestro matrimonio aportando partes iguales, y que la edificación se financió con mis primas de rendimiento y la venta previa de mi coche propio. En su relato mental, su hijo era el único proveedor y yo una simple ocupante tolerada.
Una negativa categórica ante la intromisión
—Esta casa de campo nos pertenece a ambos —declaré sin alzar la voz—. Y durante estas vacaciones permanece cerrada para cualquiera que no haya sido invitado formalmente por nosotros. Asà que tome su teléfono y llame a la tÃa Galya, a Kostik y a los parientes de Vorónezh.
—¡¿Y qué se supone que les voy a decir?! —gritó con tal volumen que los cristales vibraron—. ¡Ya sacaron los billetes de tren! ¡Kostik llenó el depósito de gasolina de su coche!
—DÃgales la pura verdad: que los invitó a una casa ajena sin consultar antes a los dueños, y que los dueños se opusieron tajantemente. O si prefiere no admitir su imprudencia ante la familia, afirme que se reventó la tuberÃa y el patio quedó anegado de aguas residuales. Elija la explicación que le resulte más cómoda.
Nina Arkádievna hizo sonar con rabia las llaves guardadas en el bolsillo de su suéter estampado. Recordaba los primeros años en que yo toleraba sus embates intentando preservar una paz aparente, pero esa actitud sumisa habÃa quedado atrás hacÃa mucho tiempo.
—¡Qué desagradecida eres! —gimió fingiendo asfixia mientras se agarraba el cuello de la camisa—. ¡Vine a la tierra de mi propio hijo! Cuando él regrese veremos bien qué invitados se quedan aquÃ. ¡Mi hijo jamás consentirá semejante desplante hacia su madre!
Sin perder un segundo, sacó apresuradamente su teléfono móvil y empezó a presionar la pantalla con sus largas uñas postizas teñidas de un intenso color púrpura.