Una cocina a oscuras y una despensa vacía
Llegar a casa después de una jornada laboral interminable suele ser el único consuelo tras horas de agotamiento. Sin embargo, para Katerina, cruzar la puerta de entrada solo significó el inicio de una amarga confrontación.
Con el pie izquierdo palpitándole de cansancio tras su turno, la bolsa amarilla de la tienda le cortaba los dedos al entrar. Desde la penumbra de la cocina se escuchó una voz que exigía respuestas inmediatas: «Katya, ¿qué se supone que vamos a comer, ratones?».
Al preguntar si había revisado el refrigerador, Sergei contestó con sarcasmo que solo había luz y medio frasco de mostaza. Apareció en el pasillo vistiendo pantalones deportivos flojos y sosteniendo su teléfono móvil, donde destellaba la pantalla de un videojuego.
El misterio de los ochenta y cinco mil rublos
Katya colocó sobre el mueble los pocos víveres que traía consigo: un trozo de queso, una docena de huevos y un paquete de requesón. No había carne ni platos preparados, lo que provocó una mueca de desprecio en su esposo, quien reclamó comida de verdad.
La tensión aumentó cuando ella se dirigió al baño para lavarse las manos y Sergei la siguió, cuestionando si su actitud era una broma y apelando a su rol matrimonial. La respuesta de Katerina fue directa y fría, recordando que el día diez había sido la fecha de cobro.
Ante la pregunta de dónde estaba su salario completo, Sergei desvió la mirada y admitió la verdad entre dientes: le había transferido la totalidad de sus ochenta y cinco mil rublos a su madre para remodelar su balcón, ya que los albañiles exigían un adelanto.
«Entonces cenarás en el balcón, en la casa de Tamara Pavlovna.»
La carga invisible del hogar
La discusión subió de tono cuando Sergei arrojó su teléfono a la mesa, furioso porque ella no entendía que su madre tenía una pensión mínima y él era su único hijo. Mientras tanto, Katya encendió la estufa y rompió tres huevos en la sartén para cenar sola.
- La hipoteca mensual de cuarenta y tres mil rublos salía íntegramente del bolsillo de Katya.
- Los servicios y facturas básicas eran cubiertos únicamente por ella.
- Los ahorros previstos para reparar el baño familiar habían quedado en segundo plano.
- El apartamento, adquirido durante el matrimonio, legalmente era de ambos pero sostenido por una sola parte.
Con un desdén absoluto, Sergei se encerró en la habitación tras acusarla de no tener nada sagrado. La mañana siguiente transcurrió entre portazos y reproches silenciosos, con él advirtiendo que iría a cenar con su madre.
Una visita inesperada en la cocina
Al regresar del trabajo a finales de enero, Katya encontró zapatos ajenos en la entrada y un fuerte olor a cebolla frita y embutido barato. Sentada a la mesa estaba su suegra, Tamara Pavlovna, lista para defender las acciones de su hijo.
La suegra alegó que había venido a alimentar a su hijo hambriento, dejando una enorme olla de fideos sobre los fogones. Tamara Pavlovna insistió en que una esposa tiene la obligación de cocinar, mientras Katya le recordó con firmeza que un esposo tiene el deber de aportar dinero a su propia casa.
El cruce de reproches reveló que el único aporte de Sergei a las reformas del piso habían sido dos rollos de papel tapiz en el vestíbulo. Indignada y advirtiendo que esa actitud lo llevaría a la tumba, la mujer mayor abandonó el departamento dejando a Sergei comiendo de la olla.
El descubrimiento en la caja de zapatos
Durante los días siguientes, la convivencia se redujo a la de dos extraños compartiendo techo. Sin embargo, el viernes por la noche una alerta bancaria interrumpió el trayecto de Katya hacia su hogar: un cobro de mil doscientos cincuenta rublos a través de una aplicación de comida a domicilio.
El pedido de pizza estaba a nombre de Sergei Andreevich y cargado directamente a la cuenta de ella. De inmediato, Katya bloqueó la tarjeta y regresó para encontrar a su esposo en el sofá, descansando junto a una caja vacía de pizza.
Harta de las excusas sobre futuros reembolsos, fue al dormitorio a revisar la vieja caja de zapatos donde guardaban los ahorros comunes para emergencias y vacaciones familiares. Se suponía que allí descansaban ciento veinte mil rublos.
Al levantar la tapa, el recipiente apenas pesaba: solo quedaba polvo acumulado y dos solitarios billetes de quinientos rublos. Con el estómago revuelto por la traición, Katya tomó la caja vacía, caminó decidida hacia la sala y la dejó caer sobre el sofá junto a su esposo con un golpe seco.