Durante meses sospeché de las salidas de mi padre, pero jamás imaginé la inquietante verdad oculta tras cada velada en aquel restaurante italiano.
El repentino regreso de mi padre al mundo de las citas
Hacía ya ocho años que mi madre había fallecido. Durante mucho tiempo, el dolor de la pérdida mantuvo a mi padre completamente cerrado al amor; ni siquiera toleraba escuchar hablar sobre conocer a otra persona.
Sin embargo, al cumplir los sesenta y ocho años, su perspectiva dio un giro inesperado. Me confesó con timidez que sentía que por fin estaba listo para rehacer su vida sentimental, una noticia que me llenó de alegría sincera.
El desconcertante patrón del restaurante italiano
La ilusión inicial no tardó en transformarse en una profunda extrañeza. Con el paso de los meses, empecé a notar una coincidencia bastante particular en cada una de sus salidas:
- Eligió a seis mujeres distintas en un periodo menor a dos años.
- A todas y cada una de ellas las llevó invariablemente al mismo restaurante italiano, ubicado al otro extremo de la ciudad.
- Cada encuentro terminaba de manera idéntica: jamás lograba una segunda cita.
Ninguna de aquellas mujeres volvía a llamarlo. En varias ocasiones, ni siquiera respondían cuando mi padre intentaba contactarlas al día siguiente, desvaneciéndose como si la tierra se las hubiera tragado.
«Simplemente no funcionó», repetía siempre papá para justificar el constante silencio.
Aquella evasiva no explicaba por qué tantas personas distintas reaccionaban con la misma frialdad absoluta tras una simple cena.
La verdad que ocultaba la camarera
El punto de inflexión ocurrió cuando la séptima mujer canceló todo contacto a la mañana siguiente de su encuentro. Decidí que no podía quedarme de brazos cruzados y conduje directamente hasta el local para investigar por mi cuenta.
Apenas le mostré una fotografía a la camarera de turno, reconoció de inmediato a mi padre como el señor Bennett. Al preguntarle qué hacía él para espantar a sus acompañantes, su respuesta me dejó helado:
«Él no hace nada. Es lo que ocurre cuando llega la cuenta.»
La camarera miró con cautela hacia la cocina, bajó la voz y me pidió que la siguiera discretamente entre las mesas.
El rincón del pasado y una fotografía mutilada
Me condujo hasta un reservado situado en la esquina del comedor. Me explicó con firmeza que papá siempre exigía exactamente esa misma mesa y tomaba asiento en la misma silla cada vez que acudía.
Acto seguido, señaló una fotografía antigua colgada en la pared contigua, fechada la noche de la inauguración del local en 1987. La imagen mostraba a decenas de comensales sonrientes, pero al examinarla con detenimiento distinguí a mis padres en su juventud.
Junto a ellos posaba una tercera mujer a quien jamás había visto en mi vida. Al acercarme más, descubrí con horror que su rostro había sido deliberadamente raspado hasta dejarlo casi irreconocible, arrancando de mi garganta una sola pregunta: «¿Quién es ella?».