Un luto desgarrador y una pérdida repentina
Mi vida se derrumbó por completo cuando mi prometido supuestamente muerto me dejó sumida en una pesadilla apenas seis semanas antes de casarnos. Íbamos a celebrar nuestro matrimonio ese mismo verano; ya teníamos el salón reservado, mi vestido elegido e incluso nos habíamos reído tras discutir por el relleno del pastel.
Todo se truncó abruptamente cuando me informaron de que Andréi había perdido la vida en un terrible accidente de tráfico. El impacto fue tan violento que el ataúd permaneció cerrado durante todo el velatorio.
Durante el funeral permanecí junto a su madre, Galina, sosteniéndole la mano mientras el féretro descendía hacia la tierra. Estaba completamente convencida de que aquel instante representaba el peor día de mi existencia terrenal.
El regreso al trabajo de florista tras la tragedia
El tiempo transcurrió con lentitud implacable y, tres meses después de despedirlo, comprendí lo equivocada que estaba respecto a mi propio dolor. Trabajo como florista profesional y, en el pasado, la decoración de bodas constituía mi tarea predilecta.
Tras la aparente partida de Andréi, ni siquiera podía mirar un ramo de novia sin rememorar el que había planeado para mí. Sin embargo, las facturas no se detenían y me vi obligada a retomar los compromisos laborales.
Aquella mañana me llamó una colega enferma suplicándome que la sustituyera de urgencia en un evento. Acepté el encargo y me presenté en un salón de banquetes en el que jamás había prestado mis servicios.
Un encuentro inesperado en los pasillos
Mientras disponía los arreglos florales cerca del acceso principal, divisé una silueta que reconocí al instante: era Galina. Hice el intento de llamarla, pero ella cruzó su mirada conmigo antes de que pudiera pronunciar palabra.
La expresión de su rostro mutó de inmediato a un pánico evidente. Dio media vuelta a toda prisa y se deslizó hacia un pasillo lateral con la clara intención de ocultarse.
«¿Galina? —pregunté tras seguirla—. ¿Qué está haciendo aquí?»
Visiblemente nerviosa, ella me contestó que podría hacerme la misma pregunta. Le expliqué con calma que me encontraba allí trabajando como florista encargada del montaje.
La sospecha sobre la boda de la familia
Nuestra tensa conversación se cortó cuando la coordinadora del enlace apareció buscando a Galina Petrovna porque el novio solicitaba a su madre. Por un segundo creí comprender la situación y busqué una explicación lógica.
Andréi tenía un hermano mayor, Yuri, y deduje que se trataba de su casamiento imprevisto. Aunque me dolió no haber recibido invitación, supuse que la familia consideraba que asistir sería demasiado doloroso para mi duelo.
Observé el ramillete en la muñeca de Galina, una pieza elaborada por mis propias manos esa mañana para la madre del contrayente. Ella notó mi mirada fija y se apresuró a seguir a la organizadora sin dar explicaciones.
La verdad detrás de la puerta del novio
Minutos después vi nuevamente a Galina entrar a la habitación reservada para el novio. Me acerqué por el corredor y escuché cuando ella le advertía a alguien que la ceremonia daría comienzo en solo veinte minutos.
La voz masculina que respondió no pertenecía a Yuri. Aquel timbre tan familiar provocó que un escalofrío helado me recorriera de pies a cabeza de forma instantánea.
Al asomarme por la rendija de la puerta entreabierta, descubrí a mi prometido supuestamente muerto completamente vivo frente a mis ojos. Llevaba puesto con total naturalidad el mismo traje exacto que habíamos comprado juntos para nuestra boda.
«¿Todo se ve bien? —preguntó él mientras su madre le acomodaba la corbata—. Perfecto, no quiero que nada salga mal hoy.»
La decisión de no huir ante el engaño
Retrocedí en silencio antes de que me descubrieran, asimilando que durante tres meses me habían hecho llorar una tumba mientras ambos ocultaban la verdad. Corrí deshecha hacia el baño, me encerré y me quebré en un llanto incontrolable.
Mi teléfono sonó con la llamada de mi asistente, quien me avisó que la coordinadora me buscaba porque la ceremonia estaba a punto de iniciar. Al mirarme al espejo con el maquillaje corrido, rechacé su ofrecimiento de terminar el trabajo por mí.
Recordé la imagen de Andréi sonriendo y preparándose para dar el sí quiero a espaldas de mi sufrimiento. Me limpié el rostro, sujeté con firmeza mi acreditación de florista y salí decidida al pasillo de regreso al salón principal.