Katya llegó dos horas antes de lo planeado al restaurante para entregar el pastel, sin imaginar que un secreto perturbador estaba a punto de desmoronar la fachada de toda su familia política.
Un trayecto asfixiante y quince años de reproches
El aire acondicionado del automóvil había dejado de funcionar la semana anterior. Katya sentía que el habitáculo era un horno sofocante mientras el tráfico sobre la avenida Kutúzovski permanecía completamente detenido. En el asiento contiguo, la tarta comenzaba a perder consistencia y la rosa de glaseado se ladeaba poco a poco. No era la primera vez que se arrepentía de haber aceptado un encargo semejante.
Reflexionó con amargura sobre la exigencia constante de su suegra, Sofía Márkovna: siempre era Katya quien debía recoger los paquetes, pagar las cuentas y recibir comentarios despectivos sobre su supuesta falta de habilidad. Tras quince años de matrimonio con Denís, los reproches eran una rutina constante. Aquel día, la irritación crecía impulsada por el calor extremo y por el hecho de que su esposo se había marchado desde temprano, desentendiéndose por completo de las flores y del postre.
Al mirar la tarjeta de invitación con detalles dorados sobre el tablero, descubrió un error en su cálculo del horario: el festejo estaba programado para las 17:00 horas y no para las tres de la tarde. Entre el aturdimiento por el bochorno y las prisas, había llegado con bastante margen. Optó por tomarlo como una oportunidad para entregar el encargo, arreglarse, tomar una taza de café y esperar el inicio del banquete con algo de calma.
La revelación detrás de la puerta entreabierta
Tras aparcar frente al imponente restaurante de columnas clásicas, Katya evitó la entrada principal y se dirigió a la zona de carga y descarga de la cocina. Sosteniendo la pesada caja, recorrió los pasillos impregnados de olor a comida frita y desinfectante, buscando al encargado para dejar el postre. Al acercarse al salón privado reservado para el festejo, notó que una puerta metálica había quedado ligeramente entreabierta unos diez centímetros.
Desde el interior se filtraba una conversación inusual. La voz de Sofía Márkovna carecía del tono firme e imperativo habitual de los últimos quince años; sonaba quebradiza y al borde de las lágrimas. Katya se quedó inmóvil junto al umbral, sosteniendo la tarta con dificultad.
«Víctor, ya no puedo más. Si se enteran, todo se va a derrumbar. Esa tonta de Katya… será la primera en sospechar con esa naturaleza rastrera que tiene.»
Una voz masculina desconocida, pausada y elegante, intentó tranquilizar a la mujer, asegurándole que todo saldría perfecto a menos que ella misma hablara antes de tiempo. Ante la sugerencia de revelar la verdad, la suegra respondió tajante que preferiría morir antes que dejar aquello en manos de Katya o de su propio hijo Denís.
El teléfono de Katya vibró en su bolso con un mensaje de su marido preguntando si faltaba mucho para su llegada. Tratando de no hacer ruido, la mujer deslizó la mano con cuidado, activó la grabadora de voz de su teléfono y continuó escuchando con el pulso acelerado.
El misterioso invitado de honor
Una hora más tarde, los invitados colmaron el banquete. Katya se sentó a la larga mesa, ubicada entre su esposo y una tía lejana que no cesaba de hablar sobre dolencias físicas. En el extremo principal presidía Sofía Márkovna, luciendo un vestido burdeos y una actitud altiva. A su lado se encontraba el hombre de la conversación: un sujeto alto, de cabello canoso y aproximadamente sesenta años, vestido con discreta elegancia y con un reloj sumamente costoso.
Denís no ocultó su desconcierto al notar su presencia en la reunión familiar:
- Reconoció al recién llegado como el «tío Víctor».
- Cuestionó su retorno, recordando que supuestamente residía en Israel.
- Recibió una respuesta evasiva y cortante por parte de su madre, quien le pidió no entrometerse.
Durante la comida, Katya observó con atención los gestos de ambos. Notó cómo el tal Víctor retiraba la copa de vino de Sofía Márkovna para acercarle un vaso con agua, susurrándole algo al oído. La anfitriona asintió con una mirada perdida mientras desmigajaba el pan sobre el mantel, un descuido que jamás habría tolerado en el pasado.
Una sospecha que crece en el banquete
Igor, el sobrino de Denís, se aproximó a Katya con una copa en la mano y se inclinó a su lado para hablarle en voz baja. Sin rodeos, le preguntó si estaba al tanto de que la abuela había visitado una notaría durante la semana anterior. Afirmó haberla seguido y visto cómo permanecía encerrada durante una hora con Víctor en el despacho.
El joven sugirió abiertamente que el departamento de la calle Arbat, una valiosa propiedad familiar, podría estar en juego a favor del acompañante desconocido. Aunque Katya desconfiaba de las intenciones maliciosas de Igor, sus palabras encajaban de inmediato con el diálogo que ella misma había grabado minutos antes.
Buscando un respiro de la tensión que dominaba el ambiente, Katya se levantó y se dirigió a los sanitarios. Apoyada sobre el lavabo, miró su reflejo en el espejo, preguntándose si sus sospechas eran infundadas o si aquel encuentro en la puerta marcaba el inicio de una pérdida irreparable para toda la familia.