Un encuentro inesperado en el restaurante
Daria sostenía la carpeta de reservas bajo el brazo cuando una voz exigente cortó la tranquilidad del salón. Cerca del ventanal grande, una mujer bien vestida llamaba su atención con impaciencia.
—¡Señorita! Esta mesa está pegajosa. Venga a limpiarla.
Al darse la vuelta, Daria reconoció de inmediato a la comensal: tenía unos cuarenta años, cabello rubio lacio hasta los hombros y lucía un elegante vestido verde. Estaba sentada junto a un matrimonio de más de cincuenta años, apuntando con fastidio una mancha de salsa.
Era Oana Preda, su antigua compañera del instituto en Brașov. Aunque habían pasado más de dos décadas, aquella expresión de arrogancia no había cambiado nada.
Heridas del pasado escolar
Daria tomó una servilleta limpia para intervenir. Una camarera más joven, Bianca, intentó adelantarse para encargarse de la situación, pero Daria le indicó amablemente que llevara agua a otra mesa y se ocupó ella misma.
Oana la observó con fijeza hasta que sus ojos se abrieron con asombro:
—Espera un momento… ¿Daria?
—Hola, Oana —respondió Daria con serenidad.
Sin perder un segundo, Oana se giró de inmediato hacia la pareja que la acompañaba para relatar su pasado con tono burlón:
—Fuimos compañeras de instituto. Daria era la alumna estrella. Solo dieces, concursos y libros. Francamente, estaba convencida de que llegaría a ser una gran directora, abogada o profesora universitaria. Pero la vida nos pone a cada uno en nuestro lugar, ¿verdad?
Daria sintió el calor subirle al rostro. No por vergüenza, sino por la memoria: en la escuela, Oana solía aprovecharse de sus apuntes y en la fiesta de graduación le había arrojado bebida encima fingiendo un accidente. Había aprendido que ante personas así, callar solía ser la mejor defensa.
Negociaciones dudosas para un gran evento
Los acompañantes de Oana eran los señores Georgescu, quienes acudieron para coordinar el festejo del cumpleaños número sesenta de su padre, una celebración de gran envergadura:
- Casi setenta invitados confirmados.
- Música en directo durante la velada.
- Menú gastronómico completo.
- Organización a cargo de la agencia donde trabajaba Oana.
Oana no tardó en pedirle a Daria que les sirviera agua mineral. Cuando Daria le explicó que Bianca atendía el servicio, Oana se rio con desdén frente a sus clientes, acusándola de seguir siendo hipersensible.
Buscando enfocar el asunto, Daria le pidió revisar los papeles del evento. Oana sacó varios folios explicando con autosuficiencia que había calculado un precio especial y que los clientes no debían pagar la tarifa estándar.
Al mirar los documentos, Daria descubrió que Oana había descontado casi un veinte por ciento del menú sin autorización, regalando además el servicio de tarta, el sonido y la ambientación floral.
Tensión creciente y menosprecio al personal
El señor Georgescu intervino confundido, asegurando que Oana les había informado de que el descuento ya estaba plenamente aprobado. Ante la presión, Oana dudó unos segundos pero intentó salir del paso diciendo que prácticamente lo estaba.
—¿Quién te autorizó estas tarifas? —inquirió Daria firmemente.
—Daria, no compliques las cosas. Es un gran banquete; el local ganará de todos modos. Habla con tu jefa, ella entenderá si es inteligente.
No satisfecha con eso, Oana exigió personal con experiencia para su fiesta, señalando despectivamente a Bianca al calificarla de asustadiza. Daria defendió inmediatamente el trabajo de la joven, pero Oana insistió con arrogancia, tratando a la camarera con superioridad paternalista.
—Oana, basta —zanjó Daria con firmeza—. Viniste a negociar un contrato, no a humillar a mis empleados.
Oana se burló del término, creyendo que Daria se tomaba atribuciones que no le correspondían. En voz baja, amenazó con cancelar la reserva y marcharse a otro restaurante de Brașov si no aceptaban sus condiciones impuestas.
La revelación que cambió el ambiente
Oana estaba convencida de que su presencia intimidaría al establecimiento y que cederían con tal de asegurar los clientes. Sin embargo, los pasos firmes de otra empleada interrumpieron la tensa discusión.
Adriana, la jefa de sala, salió de la oficina con la planificación del fin de semana en la mano y se dirigió sin rodeos a la mesa:
—Daria, necesito tu aprobación definitiva antes de bloquear el salón principal para la fecha veintiséis. Si me lo confirmas ahora, rechazo las otras dos peticiones pendientes para esa noche.
El silencio cayó pesado sobre la mesa. Oana miró a Adriana, luego la carpeta en manos de Daria, y finalmente la miró a los ojos con la respiración entrecortada:
—Espera un momento…
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