El cumpleaños número 70 de Viktor quedó marcado por tres sobres y dos mujeres desconocidas

El cumpleaños número 70 de Viktor parecía destinado a ser una celebración tranquila, hasta que mi marido invitó a dos mujeres que yo nunca había visto. Después levantó su copa y anunció que ambas ocupaban un lugar importante en su vida, aunque ninguna conocía toda la verdad sobre la otra.

Una mañana extraña antes del cumpleaños número 70 de Viktor

El día en que mi marido cumplía setenta años me desperté antes del amanecer. Un ruido extraño llegaba desde la cocina y, como Viktor normalmente dormía hasta tarde, aquella situación me pareció fuera de lo habitual.

Cuando me levanté, lo encontré ya vestido con una camisa blanca y una corbata azul oscuro. Estaba buscando algo dentro de un armario y sus movimientos revelaban un nerviosismo difícil de ocultar. En cuanto me vio, cerró rápidamente la puerta.

—¿Por qué te has levantado tan temprano? —le pregunté.

—A un hombre de setenta años se le permite ponerse nervioso por su cumpleaños de vez en cuando —respondió con una sonrisa.

Sin embargo, sus manos contaban otra historia: le temblaban los dedos. Además, desde el bolsillo del pecho asomaba la esquina de un sobre blanco. No le pregunté por él en ese momento, pero la imagen se me quedó grabada.

Una celebración mucho más pequeña de lo previsto

Viktor había dicho con antelación que no quería una fiesta ruidosa. Su intención era reunir únicamente a unas pocas personas, en un ambiente íntimo y sin demasiadas formalidades.

Pero, a última hora, nuestro hijo nos informó de que no podría asistir. Así, aquella noche, la mesa preparada para la celebración quedó ocupada solamente por Viktor, por mí y por dos mujeres a las que veía por primera vez.

La primera invitada se llamaba Sofia. Llegó antes que la otra, con un vestido oscuro y una tarta pequeña entre las manos. Cuando abrí la puerta, me observó atentamente durante varios segundos.

—Así que tú eres Elena…

Me sorprendió que aquella desconocida supiera mi nombre. No entendía cómo podía conocerme ni qué relación tenía con mi marido, pero su forma de mirarme hizo que la bienvenida resultara todavía más incómoda.

Sofia y Viktor parecían conocerse desde hacía tiempo

Cuando Sofia vio a Viktor, su expresión cambió. Él hizo ademán de abrazarla, pero ella se limitó a extenderle la mano.

—Feliz cumpleaños.

—Casi no has cambiado —dijo mi marido en voz baja.

—Tú, en cambio, has cambiado muchísimo —contestó ella con frialdad.

El breve intercambio confirmó algo que hasta entonces solo podía sospechar: Sofia y Viktor ya se conocían. Aun así, él no explicó de inmediato de dónde venía aquella familiaridad ni por qué la había invitado a su cumpleaños.

La llegada de Natalia aumentó la tensión

Unos minutos más tarde llegó la segunda invitada. Se llamaba Natalia y llevaba un collar de perlas que brillaba bajo la luz de la habitación. Viktor la presentó únicamente como una mujer vinculada a un período lejano de su pasado.

La explicación fue breve y no aclaró nada. Natalia tomó asiento, pero el ambiente alrededor de la mesa continuó siendo tenso. Nadie parecía saber muy bien qué decir ni cómo comportarse.

Sofia apenas probaba la comida. Natalia miraba el reloj una y otra vez, mientras Viktor llevaba constantemente la mano hacia el bolsillo de su pecho. Allí seguía ocultando algo, o quizá varios documentos, que parecían ser el motivo de su inquietud.

“A un hombre de setenta años se le permite ponerse nervioso por su cumpleaños de vez en cuando.”

Los tres sobres sobre la mesa

Finalmente, Viktor levantó su copa. Hasta ese momento había guardado silencio sobre el verdadero motivo de la reunión, pero entonces pareció decidir que ya no podía seguir posponiendo la conversación.

—Hoy no quiero seguir guardando un secreto. Ha llegado el momento de contarlo todo.

Después sacó algo de su bolsillo. No era un solo sobre blanco, como yo había visto por la mañana, sino tres sobres. Los colocó delante de nosotros, sobre la mesa preparada para su cumpleaños.

Por un instante, nadie se movió. Los sobres quedaron allí, frente a Viktor, Sofia, Natalia y yo, como si contuvieran una explicación capaz de cambiar la manera en que entendíamos aquella reunión.

Entonces mi marido nos miró y pronunció las palabras que hicieron que el silencio se volviera aún más pesado:

“Cada una de ustedes ocupa un lugar especial en mi vida. Pero ninguna conoce toda la verdad sobre la otra…”

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